Sexo en Stèreo-Inma Buendia y Estela Buendia

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Yo fui donante de semen

Yo fui donante de semen

Pues sí, yo fui donante de semen durante un apasionante año. Y diréis: ¿qué loco llega a pensar que puede ser una buena idea ser donante de semen? Pues éste imbécil que os habla, influenciado por otro experto donante, pensó que quizás podría ser una buena idea. Y vaya si lo fue.

Debía tener unos diecisiete o dieciocho años cuando me enteré que las clínicas de inseminación artificial buscaban donantes de semen. Jóvenes capaces de eyacular el oro líquido que otros fueron incapaces de posar en los cuerpos fértiles de sus esposas.

Buscaban donantes y lo mejor de todo es que había compensación por ello. ¡Compensación económica! ¿Billetes libres de impuestos por eyacular en botes de plástico? Debía ser una broma. Mis oídos no podían estar escuchando tal blasfemia. Menuda maravilla de la sociedad moderna y progresista en la que nos encontrábamos antes de llegar a los dos miles. Me picaba la curiosidad y un día acompañé a mi amigo, quien ya había probado la gallina de los huevos de oro. Huevos de oro, menudas metáforas me gasto, eh? :-P…

Allí que nos fuimos. Y cuál fue mi sorpresa cuando el chaval se metió en una habitación con un bote vacío en su mano y a los cinco minutos salió con un sobre marrón con el preciado trofeo monetario en su interior. Sí chicos, así de fácil, en menos de cinco minutos el milagro había hecho acto de presencia. Y allí mismo me convencí de que debía ser uno de ellos. Un elegido. Debía convertirme en un donante. Ser el futuro fértil padre de toda una generación. ¿Por qué no? Sí, ya sé que os estaréis preguntando qué tipo de ética tiene ese tipo? Pues con dieciocho años sin cumplir y unas ganas locas de gastarme todo ese dinero, la ética la dejé aparcada en casa, qué queréis que os diga. Sí, soy culpable, lo confieso. Vosotros habríais hecho lo mismo, no me vayáis ahora de santos. A esa época, os habíais pasado ya unas buenas tardes practicando el onanismo en vuestra habitación y lo sabéis.

Esa misma tarde me apunté a la clínica y el siguiente viernes por la tarde ya tenía mi primera cita. No sabéis lo nervioso que estuve toda esa semana. Incluso mi madre estuvo sospechando algo que nunca le confesé.

Y ese viernes finalmente llegó. Allí que me planté, nervioso y sudoroso. No me lo podía creer, allí estaba yo y mis ganas de ganar dinero rápido. Una enfermera, un bote de plástico y una habitación. Un milagro a punto de hacerse realidad. Dinero fácil. Temblorosa, mi mano abrió la habitación milagrosa que iba a llevarme a la felicidad física, psíquica y económica. Esa puerta era lo único que me separaba de convertirme en el Tony Montana de los donantes. En mi mente no paraban de dibujarse imágenes de mí conduciendo Ferraris blancos por avenidas de Miami.  Bendito Sonny Crocket.

Esa habitación… Esa habitación donde los demás donantes hacían lo mismo que iba a hacer yo en breves momentos.  Nunca voy a poder olvidar esa habitación. El asco que me entró en ese segundo no se puede comparar a nada. Imaginaos la peor de vuestras arcadas. El ácido sabor de la bilis en vuestra garganta. Multiplicad eso por mucho y no llegaréis a sentir el ASCO.

Pero el dinero manda y mis ansias no tenían fin. Un bote vacío en mi mano, una camilla, revistas de esas que ya sabéis y una tele con vídeo incorporado. Y un reloj. Un reloj que marcaba incesantemente los segundos. Que queréis que os diga, no fue fácil. Podría mentiros y contaros lo bien que me salió el temita, pero no, soy un tío honesto. Fue un puto infierno. Entre el asco, la repulsa y el agobio de tener a alguien fuera esperando por ese preciado bote, la cosa se complicó más de lo esperado. Pero di la talla. Fui un machote. Vaya si di la talla. A favor del centro de donación diré que la selección de películas que tenían era estupenda. Recordad que estábamos en la época del no-Internet. En esos años conseguir material audiovisual X pasaba por los videoclubs y el Canal Plus. ¿Os acordáis? Sí, yo también había probado lo de cerrar los ojos para poder distinguir a un hombre de una mujer, pero todos sabemos que era un fraude. Otro puto rumor de nuestra adolescencia.

Pero volvamos al tema. Dí la talla, me abroché los pantalones, salí de la habitación, firmé unos papeles que ni leí y allí estaba: mi sobre. Un sobre marrón de papel con mi paga. Un billete de cinco mil pesetas. Un billete con Don Juan Carlos I mirándome. ¿Me sentí sucio os preguntaréis? Pues no, qué cojones. Había hecho un bien a la sociedad moderna joder! Algún óvulo sería fecundado con uno de mis soldados. ¿Soldados? Guerreros era lo que eran!

Y fueron las cinco mil pesetas que más rápido desaparecieron de mi bolsillo de las que vinieron después. Era viernes y en menos de dos horas ya las había canjeado por algo de material ilegal. Sí muchachos y muchachas. Era un adicto. Un joven pero sobradamente preparado para la vida moderna adicto a las drogas. Drogas blandas y no tan blandas. Yatusabe. Y tenía todo un fin de semana por delante. Yo y mis amigos emprendimos un año de visitas semanales a clínicas de donación de semen para pagarnos nuestros vicios fumetiles. La Puerta Verde, El Doctor Cinco, La Enfermera Higgins… cada viernes tocaba una clínica diferente, o dos si nos dejaban. Menudo año nos pasamos, ni os lo imagináis. Pajas por porros, que más se podía pedir por aquel entonces?

Pero todo tiene un fin chavalada. Tras albergar la posibilidad de ser elegido padre del año (o eso me gustaría pensar), el final llamó a la puerta. Una carta a mi nombre apareció en el correo. Era de una de las clínicas de donación. Mucha letra que no venía a cuento y una frase que me heló la sangre: “…después de repetidas muestras, la calidad de su semen ya no es aceptable.” …No es aceptable… ¿Aceptable para qué? ¿Para quién? ¿Cómo que no? ¿Qué sabréis vosotos? ¿Qué mis guerreros ya no servían? ¿Por qué? ¿Dónde habían ido mis queridos soldados que tanto placer me habían proporcionado? Esas tres palabras finiquitaron mi esperanza de convertirme en el padre de toda una generación. Sí, yo podría haber sido el padre no legítimo de una década pero mi adicción a los matorrales verdes acabó con toda esperanza de conseguir mi meta.

Y hasta aquí mi briconsejo del día amigüitos, si le das al fumeteo opiáceo olvídate del billete de Juan Carlos.  Y sí, aún temo que cualquier día llegue un mensaje de Facebook a mi bandeja de entrada de algún chaval de 17 años que, según sus investigaciones, yo sea su Darth Vader.

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