Sexo en Stèreo-Inma Buendia y Estela Buendia

Hola

Sexo en Stèreo es un site dedicado a la normalización y educación sexual. Para ello, utilizamos toda la información que la sociedad nos brinda desde la cultura, la investigación y la ciencia. 

 

Lactancia materna: Lo que no me contaron y para lo que no estaba preparada

Lactancia materna: Lo que no me contaron y para lo que no estaba preparada

Antes de quedarme embarazada había oído a otras mujeres decir que la lactancia materna podía ser muy dura, absorbente... etc. Una de ellas decía que más importante que el alimento en sí era que la madre estuviese bien para atender al bebé y que si con la teta la madre no estaba bien, no debería haber problema en pasar al biberón. Me pareció un buen axioma y lo hice mío.

Cuando me quedé embarazada empecé a buscar información sobre la lactancia y cayó en mis manos un libro de Carlos González. En las clases de preparación al parto hablamos de la lactancia exactamente como en una clase. A todas luces la lactancia materna parecía la mejor opción tanto para el bebé como para la madre, por sus efectos protectores para la salud principalmente. Y no parecía que iba a tener demasiada complicación. Nadie en esa clase habló de dificultad alguna más allá de que las mujeres hemos dejado de ver a otras dar el pecho y hemos perdido naturalidad y desarrollo del instinto. Algo así. Para superar posibles dificultades de agarre bastaba con dejarse aconsejar por otras mujeres y ver a otras amamantar (qué bien que existen youtube y google; esto no se le puede resistir a nadie...).

Aquel axioma mío inicial pasó a convertirse en un “la lactancia materna es la opción principal y vamos a intentarlo”. El biberón seguía siendo una posibilidad pero bajaba enteros en popularidad. Yo había escogido un parto con la menor intervención posible, sin epidural para, entre otras cosas, minimizar el riesgo de tener un parto instrumental. Mi motivación número uno era el bienestar del bebé (lógicamente como la de todas las madres pero en mi caso mirando la letra pequeña de la intervención sanitaria en el asunto) así que pretender una lactancia materna exitosa y duradera era coherente con el estilo “natural” que estaba impregnando mi proyecto de maternidad.

 

Que se nos pida a las mujeres ofrecer lactancia materna exclusiva a nuestros hijos e hijas durante seis meses con una baja laboral de cuatro, es una broma de mal gusto. Las cuentas no dan. La altura de las instituciones tampoco.


 

Cuando di a luz me encontré francamente bien. En unas horas la lactancia materna destrozó, literalmente, mis pezones. Y empecé a encontrarme francamente mal. Si tienes una herida abierta y la dejas curar, fenómeno. Si tienes una herida abierta y cada hora estás otra hora más hurgando en ella, es una tortura china. Hora sí, hora no, clavando alfileres en una herida abierta en una de las zonas más sensibles de tu cuerpo. Se me caían las lágrimas pero más por el panorama que por el dolor, en realidad. Venía de un parto sin epidural, yo tiendo a tolerar bastante bien el dolor, pero el parto dura unas horas y esto iba a durar ¿meses? ¿años?. Era desolador.

Las enfermeras de planta habían apodado a mi hija “pirañita”. Qué gracioso. Hazte una idea. Pues bien, en este punto de la historia me convierto (un poco más) en madre mamífera loca. Dejo de pensar y olvido aquel axioma inicial del que cualquier mente racional tiraría. Consulto a una enfermera, que me habla de la jeringa como apoyo. Consulto a otra, que me habla de las pezoneras y de las cápsulas. Y que me escucha. Por encima de todo, que me escucha. A ella le tengo que agradecer principalmente haber seguido adelante en esa lucha que, a día de hoy, se ha convertido en mi mayor y más duro reto personal hasta la fecha. Esa enfermera me escuchó en el punto de inflexión en el que iba a tirar la toalla. No la tiré.

Pezoneras y cápsulas. Y chute de pomada. Y a poder ser con las tetas al aire todo el día. En ésas, los tíos de mi marido aparecieron en la habitación y, francamente, no estaba para visitas. Se tuvieron que ir por donde habían venido. Teníamos aleccionada a la familia y amistades de que cero visitas si no las pedíamos así que no fue a mayores. Mi tía apareció al segundo día de estar yo en casa para conocer a la niña. Y estaba igual. Estuve así no recuerdo cuánto tiempo.

 

La lactancia a costa de mi bienestar me pasó por encima. Con perspectiva, flipo con lo irracional que fui en ese empeño loco por seguir adelante


 

Un día, meses después, meses, me quité las pezoneras. Un día empezó a doler menos. Y otro a no doler. Ojo, que nunca fue ni neutro ni agradable. Siempre me resultó algo, al menos, ligeramente molesto. Cuando lo dejé definitivamente, mi hija tenía año y medio. Recuerdo que lo dejé diciéndole que a amatxu le molestaba y que prefería no seguir. Así que, sí, nunca fue neutro ni agradable para mí.

Los primeros días eres una teta sentada en un sofá con tu hija en brazos. Una hora teta, una hora despojo humano, otra hora teta. Básicamente ése podría ser un buen resumen. Después empiezas a aprender a hacer malabares mientras un bebé cuelga de tu teta, las tomas se van espaciando y eres un poco menos despojo. Ésta es la parte denominador común a todas (o casi todas) las lactancias. La de las grietas la había oído menos.

La parte más edulcorada del vínculo maravilloso no la tengo tan fresca. De hecho, al principio de todo me parece un vínculo loco absorbente devorador. La lactancia a costa de mi bienestar me pasó por encima. Mi axioma uno al carajo. Con perspectiva, flipo con lo irracional que fui con ese empeño loco por seguir adelante. Perfectamente criticable y rebatible. O no. Hice lo que pude y lo mejor que pude. Hice lo que creía que tenía que hacer y lo que quería hacer. Y luché por ello, como todas las madres. Teta o biberón, cada historia con sus pros y sus contras, una vez más, con sus luces y sombras.

La Organización Mundial de la Salud recomienda que la lactancia materna sea exclusiva hasta los seis meses de vida, para introducir alimentación complementaria a partir de ese momento y compaginar ambas, al menos, hasta los dos años de edad. Las tasas de lactancia materna exclusiva en España a los seis meses se sitúan en torno al 28%. A los dos años, las madres que amamantan son rara avis.

La sanidad pública debería mejorar enormemente su preparación a las embarazadas para la lactancia y su acompañamiento a las madres en un proceso tan duro para ellas y tan trascendental para los bebés. Por no mencionar la broma de mal gusto que es que se nos pida a las mujeres ofrecer esa lactancia materna exclusiva a nuestros hijos/as durante seis meses con una baja laboral de cuatro. Las cuentas no dan. La altura de las instituciones tampoco. Mientras tanto, al menos dejemos de criticarnos unas a otras por elegir una u otra opción. Todas las lactancias son maternas. Todas las madres merecen ser respetadas.

Yo fui donante de semen

Yo fui donante de semen

Cinco días, cinco citas

Cinco días, cinco citas